La cara oculta de la belleza

La cara oculta de la belleza

15 de mayo de 2012 por Andrés Felipe Salgado Céspedes

    La obsesión por alcanzar unos patrones estéticos ha determinado la aparición de nuevos trastornos que pueden ser peligrosos para la salud física y mental: vigorexia, síndrome de la Barbie y tanorexia, nuevas patologías para tomar en cuenta. 

    No se puede hablar de que haya enfermedades que estén de moda, pero sí que cada tiempo tiene las suyas. Los estilos de vida que se asumen siguiendo las creencias y tendencias de la época han traído consigo sus propios males. En el siglo XVI, Catalina de Médicis impuso la cintura de avispa en la Corte francesa y apareció el corsé. Esa tortura que soportaron las mujeres de sociedad de la época, multiplicó las afecciones respiratorias, circulatorias, fractura de costillas, atrofias musculares y demás.

    En la Inglaterra del siglo XVII, en las familias más adineradas comúnmente se sufría de gota por el tipo de alimentación: las verduras y leguminosas eran “comida de pobre”, sólo algunas frutas se consideraban comestibles y la carne, en todas sus versiones, era la base de la alimentación. De allí que los niveles de ácido úrico convirtieran a la gota en una enfermedad común y expandida.

    En la actualidad se tiene una conciencia nunca antes vista de cómo cuidar la salud, de la importancia de una buena alimentación y de realizar ejercicio periódico. En muchos casos esto ha derivado en obsesión; dice el viejo dicho que “el veneno está en la dosis” y es que cualquier cosa, por buena que sea, en cantidades exageradas puede ser dañina. Hoy en día el dicho está más que acertado, si se miran la cantidad de trastornos que han desencadenado el culto al cuerpo y la obsesión por la belleza y la salud, trastornos impensables en el pasado: vigorexia, tanorexia, síndrome de la Barbie son sólo algunos de ellos. La comunidad médica aún no los reconoce como enfermedades, pero sí como trastornos emocionales relacionados con la autopercepción.

    Los modelos socioculturales del mundo actual tienen gran responsabilidad en todos estos trastornos. Según José Miguel Rodríguez Molina, investigador y docente del departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la Universidad Autónoma de Madrid,  “el cuerpo se ha convertido para muchas personas en el referente más importante de la propia identidad que homogeniza valores a falta de otros de diferente naturaleza. Los medios de comunicación a través de películas y publicidad relacionan la felicidad con la imagen del cuerpo, asociando entre sí los conceptos de hermosura, bienestar  y salud”. Para algunos especialistas, la anorexia, la bulimia, la vigorexia, o la dismorfia corporal son síntomas diversos de una misma obsesión por la aceptación social, el culto al cuerpo, y el deseo de tener una “imagen perfecta” según determinen los cánones de la moda.

    Los investigadores coinciden en que la mejor arma contra esas patologías es la prevención  por medio de la promoción  de un cambio  en los  valores en el que se relativicen los modelos estereotipados, el culto excesivo al cuerpo y a la imagen, y  la obsesión por la perfección. Reencontrar la belleza de la diversidad y la aceptación propia con todas las características que hacen de cada ser humano un ser único.

    Síndrome de la Barbie

    No se tiene aún un término formal para definir este trastorno. Algunos lo llaman “adicción a la cirugía plástica”, pero los especialistas sugieren que es una denominación poco precisa. Los casos van en aumento por razones como la accesibilidad a este tipo de cirugías, el intrusismo de personal no calificado dentro de esta rama médica y la presión social por acomodarse a un canon estético preestablecido.

    Una cirugía plástica puede mejorar la calidad de vida de una persona cuando hay una causa física real que interfiera en su relación con el mundo, pero si la causa es una baja autoestima o problemas psicológicos relacionados con la autopercepción, la intervención estética difícilmente resolverá el problema.

    Si bien se piensa que la “adicción a las cirugías” se detecta por la cantidad de operaciones a las que se ha sometido una persona, alguien que apenas se vaya a someter a una primera intervención ya puede estar sufriendo el trastorno. Hay dos señales que pueden dar la alarma de que se trata de una persona con este trastorno: primero, las expectativas poco realistas que tiene el paciente sobre los resultados de la operación; y segundo, una actitud de rechazo a las sugerencias del cirujano plástico.

    Las personas con síndrome de la Barbie generalmente quedan insatisfechas con los resultados finales lo que las hace regresar al quirófano una y otra vez, buscando esa “perfección” inexistente. Según Guillermo Marín Arias, cirujano plástico, ex presidente de la Sociedad Colombiana de Cirujanos Plásticos y autor del libro Bioética y cirugía plástica, el cirujano plástico, desde un punto de vista ético y bioético, debe  conocer al paciente y profundizar en su psicología (enterarse sus necesidades, expectativas, sus motivaciones para operarse y si es necesario, recomendarle la intervención de un psicólogo o psiquiatra, según el caso). Su responsabilidad no es sólo operar sino orientar al paciente y si es preciso, decirle: “Usted está muy bien así, no necesita hacerse nada”.  Bien lo dice una de las frases célebres entre cirujanos plásticos: “Uno se puede ganar la vida operando, pero el prestigio se gana sabiendo decir ‘no’ ”.

    Tanorexia

    Con este término se conoce popularmente la obsesión o compulsión por mantener un tono de piel bronceado. Se convierte en comportamiento anormal cuando, acompañando la obsesión, se encuentra una percepción falsa de que el tono de piel es mucho más claro de lo que en realidad es. El término salió a la luz cuando un grupo de dermatólogos publicaron en la revista Archivos de Dermatología de agosto de 2005 el artículo: UV “Light Tanning as a Type of Substance-Related Disorder”.  Un estudio realizado en 2006 y publicado en el Diario de la Academia Americana de Dermatología sugiere que, además de ser una patología relacionada con los trastornos de dismorfia corporal, dicha adicción al bronceado puede ser producida por una liberación de opioides en el cuerpo mientras se toma el sol. Sin embargo, se requieren más estudios para delimitar realmente el problema.

    Un bronceado permanente no sólo es una cuestión de estética, sino, además, un problema de salud. Según la OMS, se estima que cada año se producen en el mundo 132.000 casos de melanoma maligno (el cáncer de piel más dañino que existe) y mueren aproximadamente 66.000 personas por causa de éste y otros tipos de cáncer de piel. A su vez, según estadísticas del Centro para el control y prevención de enfermedades norteamericano, CDC, la tasa de cáncer de la piel aumentó en 3% anual aproximadamente, desde 1986 a  2006 y hoy en día corresponde a casi  la mitad de todos los casos de cáncer.

    El problema tiene tal magnitud que en 2004 en los Estados Unidos se catalogó al cáncer de piel como el número ocho en las prioridades de salud para esta década. En Colombia, aunque no existen estadísticas al respecto, hay datos reveladores: según investigadores del Centro Dermatológico Federico Lleras Acosta de Bogotá, uno de los más grandes del país, entre los años 2003-2005 se registraron 168.659 diagnósticos confirmados de patología tumoral maligna, de los cuales 2.184 correspondieron a tumores malignos de piel. Sea por exposición directa al sol o por bronceado en cabinas, 90% de los casos de cáncer de piel se deben a exposición a los rayos UV y quienes sufren de tanorexia están multiplicando su riesgo de padecer esta enfermedad.

    Vigorexia, Obsesión por inflar los músculos

    Muchos términos han denominado este trastorno síndrome de Adonis o dismorfia muscular. El término vigorexia fue acuñado por el psiquiatra Harrison G. Pope, del Hospital McLean (Belmont, EE. UU.) en 1993 y lo define como un cuadro obsesivo compulsivo con el ejercicio físico, presente más en hombres que en mujeres, y muchas veces resultado de una distorsión de la imagen corporal en la que la persona, al mirarse al espejo, siempre se ve delgada, enclenque y sin atractivo físico suficiente y sin la masa muscular que desea.

    Estas personas relacionan la belleza con la musculatura y realizan ejercicio físico en forma compulsiva y excesiva sin respetar límites de tiempo y de esfuerzo,  ni las medidas establecidas de acuerdo con su tamaño y peso corporal. Según Pope, también están relacionados con desequilibrios de diversos neurotransmisores del sistema nervioso central, concretamente con la serotonina. El mismo investigador afirma en su estudio que 10% de los usuarios habituales de gimnasios en EEUU padecen este trastorno.

    No hay que confundir el fisicoculturismo con la vigorexia. La práctica del ejercicio se vuelve patológica cuando sale de unos cauces normales y adecuados para convertirse en una obsesión que ya no es saludable y lleva al deterioro físico y mental de la persona. La vigorexia, al igual que la anorexia, nace de una distorsión de la visión del propio cuerpo (dismorfofobia), que lleva a acciones peligrosas para la salud. En la primera, para aumentar en forma desproporcionada la masa muscular y en la segunda por perder peso.

    Hay muchos factores de riesgo relacionados con la vigorexia. Por un lado, el sobreesfuerzo corporal y de la musculatura puede generar lesiones musculares, de ligamentos y tendones, complicaciones cardiacas, deformaciones óseas y problemas articulares por la hipertrofia y el sobreesfuerzo muscular, disfunción eréctil, convulsiones, mareos, dolores de cabeza,  taquicardias y muchos más.  

    Por otro lado, la dieta asociada a este trastorno, generalmente desbalanceada, muy rica en proteínas y carbohidratos, puede generar cambios metabólicos y desarrollo de enfermedades como hipercolesterolemia, hipertrigliceridemia, acidosis metabólica, ateroesclerosis o afecciones renales o hepáticas. Además, asociada a la vigorexia, muchas veces se encuentra la ingesta de esteroides anabolizantes que ayudan a ganar masa muscular a corto plazo, pero cuyos efectos secundarios pueden ser bastante serios como la hipertrofia prostática o atrofia testicular, tumores hepáticos, infertilidad, hipertensión arterial, alopecia, acné, retención de líquido, cambios de humor y agresividad.

    El tratamiento de este trastorno según Harrison G. Pope es multidisciplinar, centrándose sobre todo en terapias cognitivo conductuales destinadas a modificar la autoestima, el pánico al fracaso y la aceptación de sí mismo, y conductas tales como pesarse varias veces al día, entrenar muchas horas seguidas o ingerir gran variedad de suplementos alimenticios. También se debe mantener un control firme sobre la alimentación y las horas de ejercicio físico, así como del desarrollo de masa muscular basándose en las medidas según la altura y el peso de la persona y no según su percepción subjetiva corporal.

    ¿Hacia dónde sigue la moda? Difícil determinarlo, pero lo que sí resulta seguro es que el canon que se establece hoy, será reemplazado por otro, tal vez contrario mañana, y la lucha por parecerse al modelo establecido, es entonces una carrera en la que nunca se llega. Plantearse entonces igualar el prototipo que tanto se admira, dará satisfacciones de muy corto plazo y puede, por el contrario, generar problemas de gran envergadura. Lo deseable: la búsqueda de una buena salud, la aceptación personal y el equilibrio entre lo que somos y lo que deseamos ser, sin acciones irreversibles.

    Fuente: Guillermo Marín Arias, M.D., cirujano plástico, magister en Bioética.

     

    La belleza: una veleta a merced de las modas

    Los prototipos de belleza cambian según las condiciones sociales y las modas y son tan efímeros como las razones por las que aparecen. Para ello sólo hay que mirar los cánones de belleza que han imperado en el siglo XX:

    • Hasta 1920 el ideal de mujer era una que fuera rolliza, con caderas y pechos anchos que garantizaran una descendencia fuerte y que fuera además testimonio de la solidez económica de su familia o su esposo.
    • A partir de 1920, con la primera emancipación de la mujer, el canon estético cambió a una mujer muy delgada, casi andrógina, atlética y fuerte.
    • En 1950, tras la guerra y con la influencia del cine y las divas italianas, volvió el prototipo de la mujer  abundante en carnes, con medidas amplias y curvas sensuales.
    • En la década de 1980 el prototipo cambió nuevamente. Las mujeres, ya muy presentes en el mundo laboral y empresarial, cambiaron de nuevo de estética, a una mujer deportiva, fuerte, musculosa, y luego muy delgada, con Kate Moss como modelo de belleza. Los trastornos alimentarios como la anorexia y la bulimia se multiplicaron y se convirtieron en preocupación social.
    • En la década actual, gira de nuevo la ruleta y gracias a los medios de comunicación globalizados y la fuerza que la comunidad latina ha ganado en Estados Unidos, el prototipo cambia de nuevo al de la mujer latina, curvilínea y sensual. MTV y personajes como María Carey o Lady Gaga reivindican las curvas. Las Bratz, las muñecas modernas y con medidas generosas, reemplazan a la estilizada Barbie.

     

    ¿Sufres de algún trastorno que involucre tu apariencia? Cuéntanos tu historia

     
    Etiquetas: Enfermedades en las mujeres, Salud y Belleza
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    SURA
    viernes, 10 de abril de 2015  10:36 


    Hola Judith,

    Gracias por escribirnos. Es una sugerencia que tomaremos para próximos artículos.

    Saludos.
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    Se el primero a quien le guste esto
    Judith Quintero
    jueves, 02 de abril de 2015  21:44 


    Bn pero deberian decir como superar esto en una reflecion
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